1940 Bodas de Oro PP. Pierregrosse y otros

Manabí: cien años

David Chamorro Espinosa, S.I.

Hace un siglo, el 6 de mayo de 1918, el P. Maurilio Detroux, S.J. (nacido en Harze, Bélgica, en 1859) desembarcó en el pequeño puerto de Manta. Venía de Guayaquil, donde había sido superior por quince años de la residencia San José, a bordo de un vapor.

De hecho, Detroux había construido la Iglesia de San José, el primer templo de hormigón en el puerto principal. La tarea que le había encomendado el superior de la Misión Ecuatoriana, el francés José Jouanen, era fundar una residencia de la Compañía en Portoviejo, base de operaciones para apoyar a una iglesia local urgida de operarios apostólicos. Esa misma tarde, aquel belga entusiasta envió un lacónico telegrama a Quito: “Llegué sin novedad. Saludo. Detroux”. Así dio inicio, con un solo hombre en una casa prestada, nuestra presencia estable en Manabí.

En marzo del año pasado me sumergí en el vasto Archivo de España de la Compañía en Alcalá de Henares. Sin dificultad encontré cuatro cajas que contenían información sobre nuestro país, hasta 1960. Comencé entonces a reconstruir la historia de nuestros misioneros en el litoral. Se trata de grandes nombres que merecen ser rescatados: Detroux, Pierregrosse, Reyes, Laenen, Mera, Hermida… Al volver al país hace un año continué reconstruyendo esa historia. A las puertas del centenario, puedo compartir con la Provincia mi hallazgo principal: haber acudido a las provincias de Manabí y Esmeraldas ha sido uno de los mayores servicios que la Compañía de Jesús ha prestado a la Iglesia Ecuatoriana. En tiempos difíciles, recios, en un contexto de confrontación con el Estado laico y liberal, nuestros mayores respondieron al llamado de la jerarquía, representada por un hermano suyo, Mons. Andrés Machado, S.I., obispo de Guayaquil y administrador apostólico de Portoviejo. Y respondieron no con pretensiones de prestigio o poder, sino como verdaderos hijos de Ignacio: por puro amor a la Iglesia y al santo Pueblo fiel de Dios.

José Jouanen, superior desde 1916, fue el hombre que aceptó el reto. Comprendió que una exagerada prudencia había paralizado a la Misión Ecuatoriana por décadas. La marcha de la casa de formación a Pifo en 1880 demostró a la larga ser una fuga mundi. La expulsión del Napo (1896) decretada por el Gobierno liberal fue un duro golpe que significó la destrucción del sueño amazónico de los jesuitas ecuatorianos. A continuación, hubo un ensayo de apostolado con indígenas en Zámbiza (1897-1898), que no fue muy lejos. Había que volver a la acción y mientras más arduo el trabajo, tanto mejor. Y he aquí que la Iglesia local, por medio de un obispo jesuita, propuso a la Compañía abrir una residencia en Manabí. La ocasión no podía ser desaprovechada.

Un asunto tan importante debía ser tratado en la Consulta, conformada en 1916 por Julio Barbot, Marcelo Castilla, Manuel Fernández de Córdova y José R. Vázquez. Las misiones exploratorias de 1916 y 1917, de las que tomaron parte los padres Maurilio Detroux, Aurelio Mera (ambateño) y Eliseo Villota (pastuso), dejaron claro que la voluntad del Señor era que la Compañía se estableciese en Manabí. La muerte de Villota en Cotacachi, víctima del arduo trayecto emprendido para volver a la Sierra desde Esmeraldas, no disuadió a los Nuestros del desafío. Así, a la gloriosa Misión de Oriente sucedió la Misión de Occidente (como la llamó el P. Le Gouhir), en la costa del Pacífico.

El superior de la nueva Misión no podía ser otro sino aquel recio compañero reconocido por su celo y prudencia, el provicario expulsado del Napo veinte años atrás: Detroux. El mérito de Jouanen y sus consultores fue que, en medio de la limitación de personal –una constante de nuestra historia-, comprendieron que los jesuitas de la Mitad del Mundo no debían cruzarse de brazos, sino actuar ad maiorem Dei gloriam, en el espíritu de la Parte VII de las Constituciones. Porque Ignacio es claro: la Compañía debe acudir como “caballería ligera” a donde otros no llegan. Y el pueblo fiel del litoral necesitaba de ministros que celebrasen la eucaristía, predicasen, catequizasen y reconstruyesen los templos abandonados a consecuencia de la restrictiva legislación anticlerical.

Julio Íñiguez, Humberto Maldonado, Luis Mille, Luis Olascoaga, entre otros, fueron verdaderos apóstoles que amaron a la Iglesia y respondieron con genuino magis. Fueron religiosos de una pieza, moldeados por una formación clásica, la que recibieron en Pifo y Cotocollao. Los Ejercicios les dieron el impulso interior para responder con entrega total. Ellos hicieron vida en Portoviejo, Manta, Bahía, Esmeraldas y Limones la sentencia de Nadal: “la Compañía es fervor”. Cien años después, los jesuitas estamos dispuestos a seguir acompañando al pueblo fiel de nuestro litoral, en la medida de nuestras capacidades. Aún queda mucho por hacer. Que el recuerdo de los grandes misioneros ratifique el compromiso de los jesuitas y sus colaboradores con el santo Pueblo fiel de Dios peregrino en la fértil tierra manabita.

PIE DE FOTO: Misioneros de Manabí y Esmeraldas

J. R. Vázquez,  J. Pierregrosse, Viceprovincial Benigno Chiriboga S.J., P. Carrére, P. Perrier, V. Martínez, A Laenen A, L. Mille

 

 

 

 

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