Misión

Somos la orden religiosa fundada por San Ignacio de Loyola en 1540, con la aprobación del Papa Pablo III. Está conformada por hermanos y sacerdotes con 15 000 miembros en todo el mundo y más de 78 en Ecuador.

Con el nacimiento de la Compañía de Jesús un fuego nuevo se encendió en un mundo en transformación. Se inició una forma novedosa de vida religiosa: “un fuego que enciende otros fuegos.”

XI Asamblea de Provincia – 2024
Jesuitas y colaboradores laicos

NUESTRO FUNDADOR

San Ignacio de Loyola

Ignacio de Loyola nació en 1491 en Guipúzcoa, España, en una familia noble de su tiempo. Fue bautizado con el nombre de Íñigo López de Recalde, pero, después de estudiar en París (Francia), tomó el nombre de Ignacio. En su juventud, soñaba con convertirse en un afamado caballero y alcanzar el honor y la gloria. Sin embargo, sus planes cambiaron drásticamente en 1521.

Mientras combatía contra el ejército francés, en la batalla de Pamplona, fue herido gravemente en la pierna por una bala de cañón y pasó los siguientes meses postrado en una cama. Su recuperación fue decisiva para vivir una conversión interior profunda que lo motivó a acercarse a la espiritualidad. Durante la mayor parte de su convalecencia, leyó libros sobre la vida de Cristo y biografías de santos. Desde entonces, empezó a percibir como Dios lo invitaba a dejarse guiar y a permitir su paso, inspirándolo a llevar una vida de servicio solidario y transformación espiritual.

MODO DE SER Y DE PROCEDER IGNACIANO

XI Asamblea de Provincia – 2024 Hermanos y Sacerdotes Jesuitas

La expresión modo de proceder es acuñada por San Ignacio, y responde a la necesidad de hacer visible y testimonial en la Iglesia y en el mundo el estilo propio de ser de la Orden. Los interrogantes sobre el modo de proceder planteados para los primeros compañeros jesuitas, siguen siendo válidos para nuestra época. Hoy, todos estamos llamados, bajo esta participación como compañeros y compañeras en la misión, a interrogarnos sobre quiénes somos y cuál es el sentido que le queremos dar a nuestras vidas, buscando evidenciarlo en la forma de relacionarnos con nosotros mismos, con los otros- otras, con la naturaleza y con Dios para poder descubrir que el espíritu de Cristo está activo en todos los lugares y situaciones, en particular aquellas de frontera y mayor necesidad. Pedro Arrupe señala como rasgos de dicho modo de ser y de proceder, los siguientes, presentados como un núcleo vivo, rico de matices y profundamente entramados entre sí: 

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